Lo primero que vi (fragmento)

Lo primero que vi estaba muerto. La boca medio abierta, dientes puntudos como agujas. Sobresalían los colmillos. Las orejas paradas, puntudas también. Papá lo tenía entre sus manos. Parecía inofensivo. Era la primera vez que yo veía uno. Pero ya antes había escuchado su aletear ciego y brusco dentro de la casa. Ya antes había terminado encerrada en la habitación por su culpa.

Había que cerrar la puerta del patio cuando llegaba la noche. Algunas veces se nos olvidaba hacerlo. Entonces, el grito de mamá; su llamado urgente para que mi hermano y yo nos metiéramos al cuarto era un signo clarísimo de que se había colado uno en casa. Los gritos de mamá me ponían muy nerviosa.

“Un murciélago, hay un murciélago en la casa”

Teníamos que correr al cuarto y de inmediato se cerraban las inmensas puertas de madera. Ocurría siempre en la noche. Lo escuchábamos golpearse contra paredes, muebles y puertas. Nunca de día.

El miedo nació allí, el miedo en el cuerpo, la sangre corriendo, la respiración descontrolada, el poder de lo desconocido haciéndose sentir.

No salíamos hasta que llegara papá. Sólo él era capaz de hacerse cargo.

¿Pregunté alguno de esos días qué era un murciélago? Lo dudo. No era el tipo de preguntas que solía hacer. Murciélago era ese aletear violento que nos obligaba a escondernos en la noche en nuestro cuarto o en el cuarto de nuestros papás.

Una vez fue distinto. Era de madrugada. Se escuchaban golpes afuera, ruidos que nos despertaron a mi hermano y a mí. Papá, en la sala, intentaba cazar un murciélago, nos explicó mi mamá que entró a nuestro cuarto para confirmar que estuviéramos bien.

Los ruidos pararon de repente. “¿Quieren verlo?” escuchamos que dijo papá. Yo estaba aún medio dormida cuando salí del cuarto: aquella madrugada la presencia muerta del murciélago nos sacó de la cama antes de que apareciera el día. Fue ahí cuando lo vi. De ahí en adelante murciélago no sería solo ese aletear descontrolado, nuestro correr y encerrarnos, el susto de mamá, el miedo en mi cuerpo. Murciélago sería, sobre todo, ese pequeño animal muerto en las manos de papá. Mi hermano pidió ver las alas. Papá giró el cuerpo del murciélago y vimos desplegadas sobre su mano unas alas delgadas, bellas y abarcantes en las cuales estaban pegadas las extremidades del animal. Un pequeño chorro de sangre salía de su boca.

Antes o después pero muy cerca a esos días tuvo que haber sido el sótano.

Murcielago Jose Ribera

 

*[La imagen es un dibujo de José de Ribera  (título: Un murciélago y dos orejas). Tomada de Metrópoli El Mundo]

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Cómo en silencio

 

kintsugi

Soñé un día que me quedaba a solas y en silencio con las palabras, con su mera forma y materialidad. Dejaba que me hablaran no desde su sentido, ni desde su lugar en la oración, ni desde su función dentro del texto. Fue como romper la escritura y renacer en ella. Verla rota y descubrir cómo por entre las grietas y los pedazos que quedaban se abrían  vasos comunicantes y nacían raicillas como brotes.

Por un momento logré escapar de ese lugar rígido y estrecho que suele ser la narrativa.

 

 

[La imagen que abre el post es un objeto reparado con la técnica kintsugi. Pueden linkear el website del que fue tomado dando click aquí.]

La ciudad blanca

Aquella ciudad no ocurría en el futuro. Ocurría hoy, en simultáneo con nuestra ciudad de sol, viento, calles asfaltadas, cielo abierto, pantallas, árboles, edificios, casas, carros y algunos jardines alrededor. Ocurría además en la superficie, en las narices de la ciudad tradicional –y no en el mundo subterráneo como podría uno suponer al escuchar hablar de ella–.

Está herméticamente cerrada: no hay allí más que luz artificial.

Una luz tenue, lechosa y adormidera se alza sobre La ciudad blanca hasta invadir cada rincón, cada esquina y cada cuerpo que pasa por los habitáculos o por los pasillos de la laberíntica ciudad. Así han inventado el día eterno: sin noches, ni oscuridad, ni sueños. Un día sin fin que cada cual extiende o reduce a su antojo, enmarcado en un tiempo que cada quien administra según su capacidad.

No hay relojes en La ciudad blanca. Ni mugre, ni polvo, ni malos olores. Paredes blancas, baldosas blancas también -y brillantísimas- que hacen las veces de calles por las que transitan solo peatones y que, sin descansar, trapean y barren señoras de traje azul que parecieran ser invisibles pues nadie les dirige la palabra.

 

 

[La ilustración que abre este post es del ilustrador Vasco Mourao, de la serie Genova Perceptions y ha sido tomada del  website del artista)

Cirugía de esquina

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Nelly Borré es una autora prolífica –y hasta hace muy poco, desconocida– que ha escrito 2 libros de cuentos, una novela breve y una novela gráfica (todos inéditos). Amante del dibujo y del cómic desde que era una niña y de la literatura desde su adolescencia, Nelly tiende a hacer que confluyan diversas artes en sus producciones (que a su juicio son, sobre todo, literarias). Por estos días acaba de ser lanzada Cirugía de esquina, una novela-relámpago-no-lineal escrita y dibujada en los muros de seis localidades de Bogotá. Hasta el día de hoy, 20 muros han sido intervenidos por un colectivo de artistas que co-crean con Nelly: cada muro corresponde a un capítulo de este relato efímero. Desde inicios de febrero empieza a verse gente de todas las edades leyendo, a plena luz del día y de pié, las enormes páginas de una obra que nos sitúa en el horizonte de la literatura más contemporánea. Se espera que para el 20 de julio se concluya el proyecto con un total de 41 capítulos desplegados por toda la ciudad y que, aunque pueden leerse de manera independiente, en conjunto hacen parte de una única historia.

 

 

*La imagen que acompaña este post es una fotografía de una obra de Johanna Calle, tomada en la exposición Silentes 1985-2015 (realizada en el Museo de Arte del Banco de la República en Bogotá (D.C), entre noviembre de 2015 y febrero de 2016)

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A veces surjo de lo que escribo como una serpiente surge de su piel (Enrique Vila-Matas - El viaje vertical)

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