Arte poética* (3)

Yelena Bryiksenkova

He sido y espero seguir siendo una aficionada a la escritura, aficionada en el sentido de sentir inclinación o amor por algo. No puedo perder de vista eso. No quiero hacerlo. También es cierto que esta afición, como toda verdadera afición, me ha llevado a ponerle un gran empeño y diligencia (y todo mi esfuerzo) al acto de escribir, pero no por ello tiene que volverse una obligación y mucho menos una tortura. Quiero aprender a seducir las letras, jamás a domarlas.

Si algunos se proponen como meta hacer grandes obras que queden inmortalizadas para la posteridad o escribir novelas que tengan ocupados a los intelectuales del futuro en el intento por comprenderlas, yo me propongo mantener el goce en la escritura. Y si bien el ánimo del autor no necesariamente se refleja en sus obras, espero que logren transpirar algo de eso, que se filtre por entre las páginas el placer que produce vivir entre las letras. Si no ocurre esto, por lo menos este ejercicio habrá sido una excusa para el goce, para mi goce.

 

*Arte poética a propósito de En la punta del lápiz. Escrita en noviembre de 2011.

 

[La imagen que abre el post es de la ilustradora Yelena Bryiksenkova]

 

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Escritoras

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La literatura escrita por mujeres la conocí cuando cumplí treinta años. Encontré en ella una fiereza, algo indómito y misterioso que hasta hoy persigo en mi escritura. Hierven sus protagonistas (generalmente mujeres), los mundos encerrados en los que han tenido que vivir, el hostigamiento del deseo que han padecido. Arden los sentires de los escenarios en los que ocurren las historias que narran y las temporalidades móviles que articulan sus relatos. Pero, sobre todo, aúllan y danzan las palabras tal y como han sido usadas por Clarice Lispector, Marvel Moreno, Fanny Buitrago, Elena Garro, Armonia Sommers, Marosa di Giorgio, Wendy Guerra o Marguerite Duras.

Ramón

Este cuarto nuestro y esta casa no ladran durísimo. Hay motivos de sobra pero no lo hacen (como no lo hacías tú). Doble silencio: un silencio que cubre tu habitual silencio.

Tu silencio de perro que olía flores en las mañanas se levanta, nos bate la cola y hace fiestas cuando entramos a la casa como queriendo despedirse por encima del adiós inexistente que nos ha tocado, que nos ha dejado sordos. Aturdidos escuchamos aún tus pasos, tus ronquiditos junto a la cama, tu nariz tu lengua la mirada tibia que tenías siempre puesta, tu enteridad de Ramón peludo y suave abriéndose campo en nuestra cama.

El peso todo el peso de tu cuerpo sobre las piernas mías o sobre las de Fabio y el calor al lado nuestro, el calor que eras, la alegría de ser tres, número mudo hoy, de luto, un luto que como tantas veces tú, se niega a comer de tu plato.

 

Parece mentira la muerte cuando a uno lo toca.

 

Coleccionista de letras

Diario de hanna hoch

Si me preguntan qué soy tendría solo una certeza: una lectora. Hay algo en las palabras de algunos libros que me conecta con la vida. Algo que es inasible y que invade todos los órganos de mi cuerpo. Si intento rastrear ese magnetismo que siento por las letras, me veo a los siete años copiando frases en una pequeña agenda que me dieron de sorpresa en una fiesta de primera comunión. Desde entonces no he parado de robar pedazos de novelas, cuentos, poemas y ensayos. Además de lectora, soy –no cabe duda–, coleccionista de letras.

 

[La imagen que abre el post es de un diario de la increíble artista Hannah Höch]

Libro web

Portada Retratosvivos - carolopez

En 2007 fantaseé por primera vez con escribir una novela digital que cualquiera de mis primos más pequeños quisiera leer cuando creciera. Una que yo misma o cualquiera de mis amigos o familiares pudiera animarse a leer. Por fin lo he hecho. Eso me hace una escritora anfibia: como animal que vive en tierra soy adulta pero mi edad de organismo anfibio me hace ser embrión aún. Tal vez por eso en mi primera obra anfibia he puesto el entusiasmo y el cariño que ponía de pequeña ante cualquier invitación que lograra seducirme. Su nombre: retratos vivos de mamá. Es una obra de literatura web hipermedia enraizada en un proceso personal de duelo. No hay taquilla: cualquiera puede acceder gratuitamente si dispone de internet, pueden hacerlo desde cualquier computador o dispositivo móvil tecleando www.retratosvivosdemama.co.

Se trata de un trabajo en proceso que ha ido creciendo con el tiempo y lo seguirá haciendo. En su estructura global el proyecto contempla el entrecruce de las escrituras íntimas (diarios y bitácoras de trabajo), el testimonial y la ficción en una misma obra[1]. Todo ello a partir de la inclusión de diversos lenguajes como el dibujo, la fotografía y el video. Cada capítulo de la novela es autónomo pero le añade elementos a la historia por lo que el lector puede elegir una experiencia de lectura completa o fragmentaria, según prefiera. Las puertas están abiertas día y noche: visiten la novela cuando quieran y cuantas veces quieran.

 

[1] El capítulo que explora lo ficcional aún está en proceso de construcción. Se espera que para 2019 se hayan empezado a montar en el website los fragmentos que corresponden a dicho capítulo.

Cómo en silencio

 

kintsugi

Soñé un día que me quedaba a solas y en silencio con las palabras, con su mera forma y materialidad. Dejaba que me hablaran no desde su sentido, ni desde su lugar en la oración, ni desde su función dentro del texto. Fue como romper la escritura y renacer en ella. Verla rota y descubrir cómo por entre las grietas y pedazos que quedaban se abrían  vasos comunicantes y nacían raicillas como brotes.

Por un momento logré escapar de ese lugar rígido y estrecho que suele ser la narrativa.

 

 

[La imagen que abre el post es un objeto reparado con la técnica kintsugi. Pueden linkear el website del que fue tomado dando click aquí.]

Reparar en el otro

 

Hombre con baston Rufino Tamayo

Me quedo mirando su bastón, un bastón de madera oscura que parece una reliquia. Todo es normal en el bastón, excepto su empuñadura. Un hombre, todo canas y vejez, lo sostiene bajo el brazo mientras busca algo en sus bolsillos. Se mueve lento. Tiembla. Me da tiempo para reparar la talla del bastón: en un extremo de la empuñadura veo la cabeza de un pájaro y al otro se extiende horizontal la cola. El hombre saca la billetera. Hace cada cosa con una seriedad impenetrable. Entrega el dinero a la mesera. Empuña el bastón para salir del lugar. Dejo de mirarlo y me reintegro a la conversación de mis amigos con quienes esperamos en la entrada del restaurante por una mesa. De repente, todas las décadas de aquel señor se detienen frente a mí. Levanto la mirada y me encuentro con que el anciano me está mirando. A mí. Retrocedo para darle paso y descubro sus ojos cargados de repulsión. Por lo menos eso me parece. Quiere que lo vea mirarme. No deja de hacerlo. Me frunce el ceño. Da un golpe al piso con su bastón. No entiendo qué pasa ni qué me quiere decir. Le abro paso; él sigue inmóvil. Con su mirada señala el lado rapado de mi cabeza. Desaprueba. Me hago a un lado. ¡Já! Dizque mujeres! dice enfurecido al avanzar. Y veo cómo mueve su cabeza de un lado al otro llevándose su queja y arrastrando toda esa indignación en su corto y estrecho caminar.

 

 

[La imagen que abre el post es de Rufino Tamayo (Hombre con bastón). Tomada del website de LS/Galería: https://lsgaleria.com/products/hombre-con-baston-tamayo]

Esperan

Todos los textos que aún no se han escrito, esperan. Textos libres, múltiples, sonoros. Textos promiscuos tímidos decadentes. No encorbatados, no en tacones ni académicos. No novelas. No cuentos. Textos larva, oscuros en una esquina. Grotescos cojos deformes planos. Textos cordillera, redes, páramo, relleno sanitario. Textos impensados: los poco probables, los relegados, los inentendidos. Textos arcilla, escritos en la arena: en el vidrio, textos agua. Piedra palabra, sentido aire, la voz que es mar.

La literatura muda de piel (y a lo mejor de casa). Los lectores están listos. Quién escriba, hay. Nada que alargue la espera, antes bien, todo afana su extinción.

Nada que impida avanzar.

 

[La ilustración que abre este post es una obra de Johana Calle, tomada de la exposición Silentes presentada en el Museo del Banco de la República en 2015 (Bogotá, Colombia)]

La ciudad blanca

Aquella ciudad no ocurría en el futuro. Ocurría hoy, en simultáneo con nuestra ciudad de sol, viento, calles asfaltadas, cielo abierto, pantallas, árboles, edificios, casas, carros y algunos jardines alrededor. Ocurría además en la superficie, en las narices de la ciudad tradicional –y no en el mundo subterráneo como podría uno suponer al escuchar hablar de ella–.

Está herméticamente cerrada: no hay allí más que luz artificial.

Una luz tenue, lechosa y adormidera se alza sobre La ciudad blanca hasta invadir cada rincón, cada esquina y cada cuerpo que pasa por los habitáculos o por los pasillos de la laberíntica ciudad. Así han inventado el día eterno: sin noches, ni oscuridad, ni sueños. Un día sin fin que cada cual extiende o reduce a su antojo, enmarcado en un tiempo que cada quien administra según su capacidad.

No hay relojes en La ciudad blanca. Ni mugre, ni polvo, ni malos olores. Paredes blancas, baldosas blancas también -y brillantísimas- que hacen las veces de calles por las que transitan solo peatones y que, sin descansar, trapean y barren señoras de traje azul que parecieran ser invisibles pues nadie les dirige la palabra.

 

 

[La ilustración que abre este post es del ilustrador Vasco Mourao, de la serie Genova Perceptions y ha sido tomada del  website del artista)

¿Cómo amor?

BERLIN CORAZÓN

Desromantizar aquella palabra, bajarla a pedradas del árbol o del pedestal en el que se le suele tener, valerse de un palo o de una horqueta de ser necesario. Bajar el amor al suelo. No pisotearlo, no. No enterrarlo ni confinarlo a una celda, eso menos. Volverlo un artículo más del hogar. Ponerlo junto al cepillo de dientes, la almohada o la olla del café. La alacena podría ser un buen lugar. O mejor no. Mejor dejarlo afuera, donde no podamos perderlo de vista para que no se venza y terminemos por descubrirlo podrido cualquier día de estos.

No domesticarlo, no, eso jamás: podría ser peligrosísimo, sería cultivar en silencio a la bestia que un día terminará atacándonos. Pensándolo bien, no puede volverse un objeto más, corrijo lo dicho hasta ahora: el amor no puede ser como el papel higiénico, ni el delantal, ni el perchero de la casa. No. ¿Como el cuarto o la silla en que leemos nuestros libros preferidos? ¿Como el balcón desde el que miramos atardeceres? ¿Como el jardín o la planta que regamos cada día o una vez a la semana, según el tipo de planta y el clima?

Ni tan cotidiano que se nos vuelva invisible ni tan sagrado que no lo podamos tocar. Pero hay palabras que se resisten a todas las fórmulas.

ECHANDO FLORES

las mujeres en el cine colombiano

DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia

libreta de abastecimientos

A veces surjo de lo que escribo como una serpiente surge de su piel (Enrique Vila-Matas - El viaje vertical)

costuras y pre(-)textos

A veces surjo de lo que escribo como una serpiente surge de su piel (Enrique Vila-Matas - El viaje vertical)

Un lugar de paso

A veces surjo de lo que escribo como una serpiente surge de su piel (Enrique Vila-Matas - El viaje vertical)

Ohpino

A veces surjo de lo que escribo como una serpiente surge de su piel (Enrique Vila-Matas - El viaje vertical)

El orejón sabanero

A veces surjo de lo que escribo como una serpiente surge de su piel (Enrique Vila-Matas - El viaje vertical)

lapieldelabatata

Bocetos, versiones, fragmentos de realidad · Textos por: Andrés Gómez O

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