No sabe, no responde

Juan cardenas arroyo - sin titulo

–Y  ¿qué vas a decirle a tus papás? ¿que te separaste porque me encontraste chateando con una compañera de trabajo? ¿Eso les vas a decir?

Esas fueron sus palabras exactas cuando me encontró saliendo de la casa con las maletas en la mano. Ese fue el argumento que quiso usar mi esposo para retenerme.

No supe qué decirle. No era que no tuviera respuesta, era que me aterraba darme cuenta de lo poco que conocía al hombre con el que llevaba viviendo siete años. Sobre todo me espantaba saber lo poco que él me conocía. ¿Qué me iba a importar a mí lo que pensara o dijera cualquier persona en el mundo sobre lo que hacíamos nosotros con nuestra vida? Y mucho menos mis papás. Lo que yo quería era una razón para no salir corriendo, algo que me confirmara que él aún me quería; una señal de cariño, de apoyo, la evidencia de que nuestra relación estaba plantada en suelo firme.

No sentí dolor. Ni tristeza. No en ese momento. En ese instante yo era solo ganas de correr. Todo lo demás había quedado empacado en mis maletas. Enderecé la espalda. Mi mirada saltó por encima de la suya. Sujeté mis maletas con la fuerza inagotable de mis 28 años y lo esquivé sin decirle nada, dejándole mi silencio entero en nuestra casa.

 

*[La imagen que acompaña el post es de Juan Cárdenas Arroyo: Sin título (puerta azul). Fue tomada del Website de la colección de arte del Banco de la República de Colombia]

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¿Cómo amor?

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Desromantizar aquella palabra, bajarla a pedradas del árbol o del pedestal en el que se le suele tener, valerse de un palo o de una horqueta de ser necesario. Bajar el amor al suelo. No pisotearlo, no. No enterrarlo ni confinarlo a una celda, eso menos. Volverlo un artículo más del hogar. Ponerlo junto al cepillo de dientes, la almohada o la olla del café. La alacena podría ser un buen lugar. O mejor no. Mejor dejarlo afuera, donde no podamos perderlo de vista para que no se venza y terminemos por descubrirlo podrido cualquier día de estos.

No domesticarlo, no, eso jamás: podría ser peligrosísimo, sería cultivar en silencio a la bestia que un día terminará atacándonos. Pensándolo bien, no puede volverse un objeto más, corrijo lo dicho hasta ahora: el amor no puede ser como el papel higiénico, ni el delantal, ni el perchero de la casa. No. ¿Como el cuarto o la silla en que leemos nuestros libros preferidos? ¿Como el balcón desde el que miramos atardeceres? ¿Como el jardín o la planta que regamos cada día o una vez a la semana, según el tipo de planta y el clima?

Ni tan cotidiano que se nos vuelva invisible ni tan sagrado que no lo podamos tocar. Pero hay palabras que se resisten a todas las fórmulas.

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