Cómo en silencio

 

kintsugi

Soñé un día que me quedaba a solas y en silencio con las palabras, con su mera forma y materialidad. Dejaba que me hablaran no desde su sentido, ni desde su lugar en la oración, ni desde su función dentro del texto. Fue como romper la escritura y renacer en ella. Verla rota y descubrir cómo por entre las grietas y los pedazos que quedaban se abrían  vasos comunicantes y nacían raicillas como brotes.

Por un momento logré escapar de ese lugar rígido y estrecho que suele ser la narrativa.

 

 

[La imagen que abre el post es un objeto reparado con la técnica kintsugi. Pueden linkear el website del que fue tomado dando click aquí.]

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Por una literatura elástica

jenny-holzer_issa_8

Emplear la literatura como un material plástico; la literatura que es sentido, trazo, ruido, imagen, nervio. Explorar la plasticidad de la palabra de manera radical. Sacar la literatura de los libros: llevarla hasta paredes pisos la ciudad entera en letras. Rodear los cuerpos de literatura, sitiarlos, encerrarlos en laberintos de palabras. Asesinar lo que se concibe como escritura literaria y hacerla revivir con otra cara y otra piel y otros órganos vitales. Robar herramientas y técnicas y estrategias de otras artes para llevarlas a la orilla de las letras –y  viceversa. Amplificar las fronteras de la literatura: expandirla en todas las direcciones posibles. Volverla elástica.

[La imagen que abre el post es una obra de Jenny Holzer y fue tomada de: www.isupportstreetart.com]

 

 

 

Reparar en el otro

 

Hombre con baston Rufino Tamayo

Me quedo mirando su bastón, un bastón de madera oscura que parece una reliquia. Todo es normal en el bastón, excepto su empuñadura. Un hombre, todo canas y vejez, lo sostiene bajo el brazo mientras busca algo en sus bolsillos. Se mueve lento. Tiembla. Me da tiempo para reparar la talla del bastón: en un extremo de la empuñadura veo la cabeza de un pájaro y al otro se extiende horizontal la cola. El hombre saca la billetera. Hace cada cosa con una seriedad impenetrable. Entrega el dinero a la mesera. Empuña el bastón para salir del lugar. Dejo de mirarlo y me reintegro a la conversación de mis amigos con quienes esperamos en la entrada del restaurante por una mesa. De repente, todas las décadas de aquel señor se detienen frente a mí. Levanto la mirada y me encuentro con que el anciano me está mirando. A mí. Retrocedo para darle paso y descubro sus ojos cargados de repulsión. Por lo menos eso me parece. Quiere que lo vea mirarme. No deja de hacerlo. Me frunce el ceño. Da un golpe al piso con su bastón. No entiendo qué pasa ni qué me quiere decir. Le abro paso; él sigue inmóvil. Con su mirada señala el lado rapado de mi cabeza. Desaprueba. Me hago a un lado. ¡Já! Dizque mujeres! dice enfurecido al avanzar. Y veo cómo mueve su cabeza de un lado al otro llevándose su queja y arrastrando toda esa indignación en su corto y estrecho caminar.

 

 

[La imagen que abre el post es de Rufino Tamayo (Hombre con bastón). Tomada del website de LS/Galería: https://lsgaleria.com/products/hombre-con-baston-tamayo]

Correspondencias póstumas (i)

Palimpsesto carolopez

No salí ilesa, ¿pero qué tipo de lo que tenga que alcanza? Desde que te aquel no deja huellas. Eres, madre, mi, moriste. Mi salud ha estado inestable; hace rincón férreo y generoso. Tan enigmática que desde muy pequeña, en ese ruido estrépito un día y azúcar refinada mío por identificarme con la madre, así logré comprenderte cuando me sentí mujer mi cuerpo, como el tuyo, debía expiar las culpas. De otra forma no hubiera visto aquello que cargas familiares. Yo recibía la enfermedad y las invisible por cotidiano. Llevaste en tus hombros de mi hermano como me pareció que hogar los asuntos de la casa, del colegio y lo descubrí hace poco y me he obstinado pequeñeces que implican el diario vivir a mi cuerpo de que eso no debe ser así.

Esperan

Todos los textos que aún no se han escrito, esperan. Textos libres, múltiples, sonoros. Textos promiscuos tímidos decadentes. No encorbatados, no en tacones ni académicos. No novelas. No cuentos. Textos larva, oscuros en una esquina. Grotescos cojos deformes planos. Textos cordillera, redes, páramo, relleno sanitario. Textos impensados: los poco probables, los relegados, los inentendidos. Textos arcilla, escritos en la arena: en el vidrio, textos agua. Piedra palabra, sentido aire, la voz que es mar.

La literatura muda de piel (y a lo mejor de casa). Los lectores están listos. Quién escriba, hay. Nada que alargue la espera, antes bien, todo afana su extinción.

Nada que impida avanzar.

 

[La ilustración que abre este post es una obra de Johana Calle, tomada de la exposición Silentes presentada en el Museo del Banco de la República en 2015 (Bogotá, Colombia)]

La ciudad blanca

Aquella ciudad no ocurría en el futuro. Ocurría hoy, en simultáneo con nuestra ciudad de sol, viento, calles asfaltadas, cielo abierto, pantallas, árboles, edificios, casas, carros y algunos jardines alrededor. Ocurría además en la superficie, en las narices de la ciudad tradicional –y no en el mundo subterráneo como podría uno suponer al escuchar hablar de ella–.

Está herméticamente cerrada: no hay allí más que luz artificial.

Una luz tenue, lechosa y adormidera se alza sobre La ciudad blanca hasta invadir cada rincón, cada esquina y cada cuerpo que pasa por los habitáculos o por los pasillos de la laberíntica ciudad. Así han inventado el día eterno: sin noches, ni oscuridad, ni sueños. Un día sin fin que cada cual extiende o reduce a su antojo, enmarcado en un tiempo que cada quien administra según su capacidad.

No hay relojes en La ciudad blanca. Ni mugre, ni polvo, ni malos olores. Paredes blancas, baldosas blancas también -y brillantísimas- que hacen las veces de calles por las que transitan solo peatones y que, sin descansar, trapean y barren señoras de traje azul que parecieran ser invisibles pues nadie les dirige la palabra.

 

 

[La ilustración que abre este post es del ilustrador Vasco Mourao, de la serie Genova Perceptions y ha sido tomada del  website del artista)

Letraspegadas

Hace cinco años imaginé un proyecto de escritura a partir de fragmentos literarios. Escribí sobre aquella idea aquí en mi blog. Este año la idea se ha levantado de ese post en el que andaba olvidada y ha cobrado forma en mi bitácora. Hoy, a pesar de que me encuentro en un momento exploratorio (muy lejos de tener textos acabados), quise compartir un par de páginas sueltas de una serie que he llamado Clarice.

Al final del post incluyo la información bibliográfica completa de donde fueron tomados los fragmentos (para los más gomosos y amantes, como yo, de Clarice Lispector).

 

Información bibliográfica

En azul: CLARICE LISPECTOR. Cerca del corazón salvaje. Siruela. España, 2012. Traducción: Basilio Losada.

En fucsia:  CLARICE LISPECTOR. Aprendizaje o el libro de los placeres. Siruela. España, 2010. Traducción: Cristina Sáenz de Tejada y Juan García Gayo.

En amarillo: CLARICE LISPECTOR. La ciudad sitiada. Siruela. Madrid, 2006. Traducción de: Elena Losada.

En café: CLARICE LISPECTOR. La pasión según G.H. Siruela.España, 2013. Traducción del portugués de Alberto Villalba.

 

 

Función triste

Desgonzamiento del cuerpo de mi madre. Rendición. Sometimiento. Furia mía, lucha constante por hacerla mover, por no dejar que se congele. Volverla a armar para sacarla de ese estado en el que entró. Reanimarla con movimiento simulado: hacer zoom con la cámara, disparar el obturador, acercar la grabadora. Deslizar el lápiz, arrugar la hoja y pintar sobre ella. Coser, rasgar, hacer todo cuanto sepa hacer para evitar lo inevitable. Es la única forma que encuentro de sacudirme este dolor que también a mí me mata, que nos está matando a todos en la familia.

Tener que contemplar la función hasta el final.

Aún no llega el fin. Cuando llegue, no aplausos. Acción mínima, todo el drama contenido adentro. Invisible para el público ansioso por que algo suceda. Inacción punzante sólo para los que estamos a su lado.

 

 

[Imagen: Hannah Höch / The Sea Serpent / Tomada de: catamongthepigeonspress.wordpress.com ]

íntimo aleatorio

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Se puede vivir así, claro, pero no se desea frenéticamente vivir. En cambio, pasé el día entero -y la noche- con él. Por ahora ha sido, también, conocer todos mis fantasmas. Tener cuidado con la domesticación de los afectos. Definitivamente esta es una sociedad que privilegia la vida a como de lugar y la prolongación de la especie frente a cualquier otra cosa. Ella no es actriz aunque está en escena; lo que ella hace es escribir. Me interesa cómo muestra la vulnerabilidad del cuerpo de la mujer. El cielo apenas empezaba a despejarse y, detrás de las nubes que se iban, venía él como un gran sol que salía detrás de la montaña. Estoy atravesando uno de esos momentos en los que cada cosa que haga definirá mi destino. Él es una casa que trae el mar adentro (sin puertas ni ventanas). Envolverlo con la palabra abrazo y arrullarlo hasta que caiga dormido. Con una emoción infantil exaltada llego a casa después de ver Murmullos. Creo que (lo sé) estaba necesitando desde hace mucho rato un espacio para dibujar mi propia sombra. Adoro su espalda y la forma descuidada en que su cuerpo se acomoda. Tampoco había rejas que encerraran la ciudad, éramos niños que no pensaban en el peligro (con padres que no pensaban en el peligro); éramos niños muy pequeños pero, lo que hoy es inusual, niños que corrían y jugaban libres. Hay algo tan íntimo y fuerte en el hecho de sentirse mujer.  Mientras veía la obra y el corazón se me hinchaba pensé en lo cercano que está el teatro a los juegos infantiles en los que una bolsa es una capa y un sofá se convierte en barco. ¿Cuánto hace que no lloraba de esta manera al leer un libro? Todavía puedo ver una inmensa bola en el cielo muchísimo más grande que el sol. El doctor me dijo “el ombligo es una cicatriz” y me quedé pensando en eso varios días, en esa cicatriz que no se borra y que se vuelve órgano del cuerpo. Nunca antes esas palabras pronunciadas para mí habían tenido tanto eco. Era feroz a mis 27.

 

 

[La imagen de este post es de Max Ernst (portada del libro Répétitions de Paul Eluard)]

La narradora

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…lo que ella era, era únicamente una pequeña parte de sí misma.

Clarice Lispector / Aprendizaje o el libro de los placeres, p. 40

Aparece una voz de mujer en casi todo lo que escribo. No le temo, no la evito, no intento atenuarla: antes bien, la dejo hablar. Y la escucho atenta.

Se sentía muy joven y, al mismo tiempo, increíblemente vieja. Lo atravesaba todo como un cuchillo y, al mismo tiempo, permanecía fuera, mirando.

Virginia Woolf / La señora Dalloway

A esa narradora que se ha desatado le cuesta resignarse a hablar de modo “neutro”; ella no consigue narrar sólo acciones.

Era una cosa de mujer y nada más. Pero adentro de eso había tanto fuego que un día se incendiaron los depósitos del alcohol sólo porque pasó cerca. Es claro que además cantaba, y ponía cortinas en las ventanas, hacía comida y limpiaba todo esto. Y las flores que se metía en el moño del pelo quedaban como quemadas entre las sábanas…

Armonía Somers / Sólo los elefantes encuentran mandrágora

¿Por qué rehuir a la propia condición y camuflarla en un tipo de narrador hecho a imagen y semejanza de los hombres?

La luz caía del cielo en cataratas de pura transparencia, en trombas de silencio y de quietud. El aire era azul. Se cogía con la mano.

Marguerite Duras / El amante

Si lo que en gran parte narran las mujeres es justamente lo que no se ve, ¿cómo buscar la neutralidad? Sería de lo más inverosímil. Una mujer no conoce la objetividad porque en su relación con el mundo generalmente media la intuición, una mujer entra siempre hasta el fondo, levanta el mantel, descubre las cortinas, visita los sótanos y las buhardillas, llega hasta remotos paisajes olvidados y, desde allí, cuenta. La mujer no vive sólo en el mundo de la acción, no podría hacerlo. Una narración desde el sentir femenino tiende a encarnarse en una voz que opina e interpreta todo el tiempo.

 

Quizá, al igual que tía Irene, aquellas voces intentaban comunicarle el eco de un mensaje olvidado desde hacía miles de años, pero no destruido mientras hubiese alguien que lo escuchara en el secreto de un jardín, sabiendo que a alguien debería entregarlo cuando sintiera aproximarse los primeros pasos del silencio; por confusa que fuera, su percepción ponía en marcha un mecanismo que nada ni nadie podía detener, como un reloj destinado a marcar las horas hasta la hora de la muerte o un tercer ojo de repente abierto y para siempre en vela: pues a partir de entonces no había tregua ni reposo, sino una interrogación continua, un eterno peregrinaje en los trasfondos del inconsciente.

Marbel Moreno/ En diciembre llegaban las brisas

 

 

*[La imagen es de Meghan Boody (Incident At The Reformatory). Tomada del website de la artista]

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