No el fin, el comienzo

exlibris1

Abrazar, sí. Abrazar un libro. Pero, cómo hacerlo cuando el cuerpo todo está enredado entre pantallas noches días tardes. Imposible pensarlo a veces. Me pregunto ¿qué es lo que abrazamos? ¿es el objeto? ¿son sus hojas? ¿es su lomo? ¿Qué es aquello que nos une inexplicablemente a un libro? No es sólo su cuerpo. Hay algo más. Es aquello que su autor vertió en él: ahí está lo que atrapa y traga y desvela, todo lo que nos hará soñar o recordar un día. No es la edición de Gallimard o de Pre-textos lo que nos marcó, aunque por esos pequeños ejemplares sintamos un apego difícil de explicar y de extirpar. A Proust, a la Lispector, a Anaïs Nin, a Rulfo o a otro cualquier autor nos unen fibras inasibles que parecieran cobrar forma en las páginas impresas de un libro. Pero bien podrían haber llegado a nosotros de otro modo, por otras vías, bajo otras formas. Por eso ahora. Quienes escribimos deberíamos pensar un poco más en los lectores. Indagar los objetos en los que encuentran sentido: pensar en las corporalidades de aquello que lee hoy la gente. Si no encontramos nuevos cuerpos para nuestros libros ¿cómo hacer que las letras hagan zancadilla o coqueteen descaradamente a quienes nacen hoy o nacerán mañana? El libro puede –necesita– cambiar de forma. No matar la que ya tiene. Dejemos vivos los anaqueles. Pero pensemos en vehículos que viajen hasta cuerpostiemposespacios del siglo que se nos ha venido encima. Probemos. Qué más da. Así, de pronto, podrá volver la literatura a ser el blanco de muchos. Así, de pronto, veremos en paralelo otros mundos para lo literario. Mejor esto en lugar de ver morir de soledad el espíritu de las ficciones, el nervio de lo poético y de todo lo que puebla aquello que un escritor sabe tan bien poner en letras. Ah! Pero sepan que de ahora en adelante no bastará sólo con letras: ha nacido un espacio para lo anfibio.

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