La infancia a cuestas

Caro chiquita señalando

¿Por qué será que nuestra infancia nos arrastra con la fuerza obstinada de un buey? 

La infancia es el tiempo y el lugar del origen de nosotros mismos -por lo menos para mí lo es-. El origen no está en el vientre materno ni en la época en la que aún no habíamos incorporado el lenguaje en nuestra vida (de ahí la dificultad para recordar aquellos primeros años). Es en nuestra conexión con el mundo (y con la cultura que cuelga de él) que empezamos a reconocernos. A reconocernos y a recordarnos. El lenguaje nos da la posibilidad de ir atesorando recuerdos.

Pensaba en esta idea que desde hace más de un año me viene dando vueltas mientras releía Por el camino de Swann de Marcel Proust.

Y volví al álbum de mi infancia gracias a las fotos que un día mis padres tomaron para mí: la niña de aquel tiempo me señala y me mira fijamente. Un suave viento remueve mis entrañas. Vuelvo a mis recuerdos de ayer y coincido con Proust cuando, al hablar sobre los lugares de su infancia, dice que piensa en ellos

como en yacimientos profundos de mi territorio mental, como en los resistentes terrenos en los que aún me apoyo.

Pero el que habla es un Marcel viejo (tal vez no en años pero sí en espíritu, un espíritu contagiado hasta los huesos de la vejez que trae la enfermedad prolongada). ¿Será por eso que no logro del todo estar en sintonía con este otro fragmento que no quiero dejar de incluir para cerrar este post?

Precisamente porque creía yo en las cosas, en las personas, mientras los recorría, las cosas, las personas, que me dieron a conocer son las únicas que me tomo en serio y aún me dan alegría. Ya sea porque la fe creadora esté agotada en mí o porque la realidad tan sólo se forma en la memoria, las flores que se me muestran hoy por primera vez no me parecen flores de verdad.”

*Ambos fragmentos son tomados de Por la parte de Swann (Marcel Proust). Traducción de Carlos Manzano. Debolsillo. Barcelona. 2003.

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