Sobre tres duelos (y dos bonus track)

duelo 1

Duelo 2

La palabra duelo tiene dos raíces que dan vida a sus acepciones: del latín duellum que significa guerra, combate. Y del latín dolus, que significa dolor.

Hoy quiero recomendar tres libros que han sido escritos desde una experiencia de duelo ocasionada por la muerte de un ser querido. En cada uno está presente el dolor, sí, la profunda e irremediable aflicción que llega con la desaparición de un padre, de una madre o de un hijo. En los tres casos, la muerte –esa flaca implacable-, ha llegado de maneras distintas:

Un asesinato; el del padre de Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos.

Una enfermedad; la de la madre de Simone de Beauvoir en Una muerte muy dulce.

Un suicidio; el del hijo de Piedad Bonnett en Lo que no tiene  nombre.

En Los enamoramientos Javier Marías dice:

“El mundo es tan de los vivos, y tan poco en verdad de los muertos –aunque permanezcan en la tierra todos y sin duda sean muchos más-, que aquéllos tienden a pensar que la muerte de alguien querido es algo que les ha pasado a ellos más que al difunto, que es a quien de verdad le pasó. Es él quien hubo de despedirse, casi siempre contra su voluntad, es él quien se perdió cuanto estaba por venir (quien ya no vio crecer y cambiar a sus hijos (…)), quien tuvo que renunciar a su afán de saber o a su curiosidad, quien dejó proyectos sin cumplir y palabras sin pronunciar para las que siempre creyó que habría tiempo más tarde”

Aunque es cierto, aunque la muerte le ocurre al muerto, no deja de ser verdad que es algo que también le pasa –y le queda de herencia- a sus seres más queridos. Y es en ese sentido en el que el duelo, ese que viven los autores de los libros que mencioné hoy, es al mismo tiempo una guerra: el combate por entender lo sucedido, el enfrentamiento contra los rastros que deja la muerte, la batalla personal para mitigar los mares de dudas que quedan detrás del que se va.

El duelo es pues, si me lo permiten, una forma de tramitar el dolor. Esa forma de tramitarlo, especialmente en los casos en que la sombra de la muerte ha sido ensombrecida aún más (por un suicidio, por un asesinato, por una enfermedad), termina siendo una lucha interna contra el dolor que queda cuando alguien nos ha sido quitado a la fuerza; en el duelo intentamos desterrar el dolor de nuestras vidas.

Bonus track:

Te me moriste de José Luís Peixoto (bellísimo y conmovedor: sobre la muerte del padre )

Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan (aterrador y genuino: sobre la muerte de la madre)

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2 comentarios

  1. Fabio Polanco

     /  julio 18, 2014

    En etimologias.dechile.net, encuentro que cuando la acepción es Combate entre dos, su etimología viene de (cito) duellum: “hombre respetable”, más arcaicamente “hombre al que se teme”.
    Podríamos pensar que ese hombre al que se teme es el dolor, ese dolor del que hablas. ¿Qué armas se prepararían para ese duelo? ¿También este duelo se origina por una afrenta? ¿De llegar a perderlo, cuál sería el costo? ¿cuál el rédito de la victoria? Y lo más importante: ¿Hay que ponerse guantes? 🙂

    Responder
    • Waw, ¡qué bello suena pensar el dolor como a ese hombre al que se teme! Gracias por el aporte. Gracias por el aporte. Imposible responder a las preguntas, sólo un comentario para la última de ellas: mejor quitarse los guantes, me parece que a este señor se le vence (aunque vencer no es el término más preciso) en tanto más desprevenido y tranquilo esté uno.

      Responder

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