Algo en qué creer

bestiario medieval

Me aterra ver la sincronicidad del tiempo. Pongo un título a este post antes de descubrir que fue exactamente hace un año que escribí, aquí mismo, Amar es un verbo irregular. Era también un 18 de abril, pero uno muy distinto al de hoy. El post cerraba diciendo que creer era uno de los verbos que más me gustaba: curiosamente lo que he escrito para colgar aquí demuestra que, pese a mi gusto por el verbo “creer”, hoy necesito inventarme algo en qué creer (lo que deja ver mi ausencia de fé). En ambos casos, se trata de una excusa para escribir y del amor como un tema inacabable. Sin más preámbulos (el día está por acabarse y quitaría la magia de haber escrito el mismo día algo sobre el amor), aquí va:

Quiero sentirme completa cuando vaya en busca del amor o del amado. No quiero -no puedo- creer en el mito del andrógino original que alguna vez me pareció bello. Quiero creer en un mito que me diga que soy una, que soy entera: maciza, profunda e interminable. Quiero creer que voy por el mundo: camino, tropiezo, salto, ruedo, caigo, me levanto, cojeo, respiro, siento, me elevo, suspiro, canto. Si de vez en cuando me encuentro con alguien, quiero creer que no busco pegarlo a mí: no quiero crear una bestia de dos ni de tres cabezas. Quiero pensar que me basta mi cuerpo, que me son suficientes mis extremidades, mi boca (una sola), mi nariz, mi corazón y mi páncreas para vivir. No iré en busca de otro ser para volverlo mi suero, mi dosis intravenosa, ni mi bálsamo: eso sería pensar que sola, en la inmensidad de mi compañía, soy enferma: y no. Tampoco quisiera ser la droga de otro, ni mucho menos la prótesis. Quisiera que al encontrarme con alguien, por breve que sea ese instante (en una silla de un café, en una cama remota, en el filo de una montaña, en el mostrador de una tienda, en la rama de un árbol, en las letras de una carta…), ese alguien esté también entero y sea macizo, profundo e inagotable. Busco un mito que me regale eso y que me diga que en ese encuentro es posible la dicha y el gozo sin crear un monstruo que nos consuma a ambos (o a alguno de los dos).

No quiero ser yo quien se invente el mito. Quiero que el mito me encuentre. Sobre todo, quiero creer que es posible algo en qué creer. El gran problema es que por estos días me estorban las ideas (¿y qué es un mito si no una idea? ¿Y qué son las ideas, son algo, lo son realmente?).

Pero soy de esas personas que tienen la desgracia de creer, y no sólo esa, también la de querer creer en algo.

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