Palabras no pronunciadas

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El año pasado escribí unas palabras (por si eran necesarias) para el lanzamiento de mi primera novela en Medellín.

Las escribí siguiendo el consejo de mi oscuro amigo Andrés Gómez, a quien en otra ocasión no le había hecho caso. Tenía miedo porque sabía que,  al leerlas,  terminaría con un nudo en la garganta que no iba a dejarme llegar -serena- hasta la última línea. Por fortuna lo que prepararon los organizadores para ese día fue un Conversatorio con Mario Jursich. Las palabras se quedaron en los archivos de mi computador.  Hoy las comparto con los lectores de este blog a pesar de que superen la extensión de lo que suelo publicar aquí.

(Siga este link para descargar la novela En la punta del lápiz)

Todavía hoy me cuesta leer sin perturbarme. Aquí va:

Un evento ha hecho posible que hoy, diez de diciembre de 2013, esté yo aquí, en el lanzamiento de En la punta del lápiz, como parte del premio que otorga la Cámara de Comercio de Medellín en la Décimo primera versión del Concurso Nacional de Novela y Cuento. No es casualidad que aquel evento del que voy a hablarles tenga que ver, también, con un libro.

En el año 2007 estaba leyendo En busca del tiempo perdido, la obra cumbre de Marcel Proust. Sin exagerar ni un milímetro debo decir que uno de los tomos de aquella saga me llevó a acercarme a mis padres, a quienes por la malacrianza de la costumbre no solía poner mucha atención en esa época. Pero en especial, la incomodidad que me llegó con aquellos fragmentos proustianos me hizo mirar hacia mi madre, con quien tuve desde muy temprano una relación áspera y distante.

El protagonista del libro, Marcel, habla por teléfono con su abuela. Él está lejos de casa y en ese momento su abuela está enferma, muy enferma. Marcel, al escuchar la dulce voz de la abuela a punto de apagarse, comprende que posiblemente no la verá más: la muerte es algo inminente en la vida de aquella mujer que adoraba y sólo hasta ese instante logra verlo. Es demasiado tarde ya.

Fue, pues, a través de un libro como me desprendí del velo que nos impide reparar en aquello que nos es más querido y que creemos merecer por siempre como por derecho divino. Por esa misma época los primeros síntomas de la enfermedad, aún muy leves, empezaron a anunciarse en la vida de mi madre. Todo se nos volvió incertidumbre, confusión, angustia. En momentos como esos, mamá solía decir que le provocaba salir corriendo. Pues bien, huir no ha sido lo mío (tampoco fue lo de mi madre). En cambio, empecé a escribir.

Gracias a un escritor que nació en un siglo anterior al mío, en un continente y en un país que en nada me pertenecían, ocurrieron dos cosas concretas que le han dado peso a mi vida, que le cambiaron el rumbo:

La primera: me acerqué a mamá en sus últimos años. La acompañé a atravesar su enfermedad.

La segunda: aparecieron las primeras líneas de mi novela, la novela que hoy ustedes tienen en sus manos.

La escritura me ayudó a enfrentar un tramo difícil de mi vida, el más difícil sin duda. Un tramo en el que la literatura me sirvió de bálsamo a veces, otras de catarsis, algunas más de escape. Un tramo que, además, no hubiera soportado sin la existencia y ayuda incondicional de mi padre, de mi tía Inés (que fue como una madre para mi mamá) y de mi hermano junto con su esposa Giovana. A ellos, por supuesto, también se debe esta novela. A ellos y a todas las amigas y amigos que me empujaron y que supieron acompañarme con las múltiples formas con que se viste la amistad.

Dedico este libro a mis padres que mantienen viva y afilada la punta de mi lápiz. A mi padre, que está aquí, a mi lado, como siempre. A mi madre, a quien no le alcanzó la vida para acompañarnos pero que a partir de hoy, volverá a nacer una y otra vez de mil maneras en cada lector que se encuentre con Matilde Díaz.

Gracias.

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1 comentario

  1. Anónimo

     /  marzo 20, 2014

    Hermosa

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