Pd. a una conversación

pd a una conversacion

Llegué a casa con las letras bailándome entre los dedos. Suele pasarme cuando monto en bicicleta: me pongo en modo pensamiento. 

Pero no fue solo la bicicleta. Fue encontrarte de nuevo y sentarnos a tomar jugo de naranja en una silla que hedía a orines en la plaza ¿Santander? (o como quiera que se llame) y luego pasar a un San Moritz diurno y pedir café en lugar de cerveza, pero sobre todo fue charlar contigo como siempre aunque ese siempre sea cada vez más esporádico (siempre bendito, en todo caso). Fue ver el libro de Auster y Coetzee (no sabía que eran amigos) y saber que hay sorpresas que uno prefiere conocer anticipadamente. Fue leer tu carta robándome un tiempo al inicio de la clase mientras las estudiantes montaban sus presentaciones en el computador. Fue empezar El goce supremo (sólo 2 páginas porque mi room-mate me distrajo y me dejé llevar por ese maravilloso y distractor impulso hipervinculero que me llevó -no sé ya por qué razón- al computador -¡ya lo recuerdo, iba a poner música para acompañar la lectura!- y ya entrada en gastos decidí revisar rápidamente el correo y aquí estoy -¡nada que pongo música!-. Fue entonces leer tu correo y darme cuenta que no podía evadir más este momento, y ¿qué mejor pretexto que escribir que escribir-te una carta-ta-ta-tá (como diría el profesor Jirafales)?

Pero también fue un pensamiento que me viene rondando, o una sensación quizá. Fueron también todas las conversaciones con amigas  (contigo por supuesto y sobre todo). Fueron las cosas que he oído decir a mujeres más o menos cercanas, unas muy, otras no tanto, otras simplemente amigas o madres o conocidas de mis amigas, pero mujeres todas (y he de confesarlo, unos cuantos hombres). Y cómo no decirlo: fueron las páginas escritas por mujeres, palabras de una cercanísima -a pesar de la distancia temporal- Anaïs Nin o como las que leí en un reciente artículo que me enviaste sobre Simone de Beauvoir, las historias de Clarice Lispector, Wendy Guerra, Claudia Piñeiro, Virginia Woolf, Alison Bechdel, algunas pocas -pero entrañables- de la Nothomb, dos de las tres cubanas que me regalaste al volver de tu viaje por la isla (Sonia Rivera-Valdés y Mirta Yáñez), las miles y miles de líneas escritas por mujeres en sus diarios que nunca tendremos el gusto de leer, las de todas mis estudiantes que compartieron sus secretos en sus proyectos de grado y con las que es imposible no sentirse cómplice y las cartas de mis entrañables amigas. Fueron también, entonces, todas esas páginas que me saboreé con devoción las que me tienen aquí hoy, empezando el 2013, con algo entre la lengua que no logro saber qué es pero que se parece a un lamento. Se trata, acaso, de la necesidad de compartir el dolor y la esperanza con los seres más cercanos.

(…)

Sé que cuando la vista se aclare todo habrá cambiado de nuevo (lo dices en tu carta con especial énfasis en el cómo cambiamos nosotros con los años, nos lo dejó ver Proust cuando atravesamos con él su búsqueda del tiempo perdido y lo vuelvo a decir yo, pero con el acento puesto afuera, porque la fuerza del paso del tiempo es tan centrífuga como centrípeta).

Un secreto (al oído) para terminar: en el año que pasó vi el reflejo de una mujer en el espejo -empañado siempre-. No fue una escritora lo que vi, vi una mujer que lee, y que escribe porque lee (y me contó que si tuviera que escoger  se quedaría con el libro y se desharía del lápiz, porque en una vida sin libros de nada le sirve el papel). Estaba en un bus cuando volví a ver el reflejo de esa mujer, y ese día se cayó -aunque prefiero pensar que se suspendió- el proyecto de un libro digital que la tenía afanada… y todo, como en mi vida -o casi todo- ha dado un giro. Está a la espera de señales (mientras tanto, lee y algunas veces escribe).

Y como ya me estoy poniendo boba e incoherente, pongámosle PAUSE a la carta, para continuar luego, con más tiempo. Por ahora voy por El goce supremo (y hablamos).

Gracias por tu carta, por tu amistad y por tus gestos, siempre llenos de detalles bien cuidados (en eso eres la misma de hace diez años, lo que nos deja ver también que aunque todo cambia muchas cosas permanecen 🙂

Se te quiere, mona azabache.

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3 comentarios

  1. “la fuerza centrípeta del paso del tiempo”… cierto, y fascinante.

    ya que inauguras este compartir de intimidades… luego de aquella carta (y de su continuación en mensajes), estuve pensando en que me quedé sin conocer tus respuestas a mis preguntas liberadas en el aire, porque te dije que en realidad no eran preguntas… pero sí lo eran: siempre lo son.

    abrázote siempre, Cora pelo de fresa.

    Responder
    • Las respuestas han estado en nuestras conversaciones, pero también devendrán en cartas… coming soon. Muy dedicado a ti este post. 😉

      Responder
  2. lucia

     /  junio 3, 2013

    me sonrojas

    Responder

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