Retratos en unas cuantas líneas

Retratos fulminantes, como los que alguna vez pintara Borges en sus cuentos:  “Era un hombre alto y viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una cicatriz. Los años parecían haberle dado más autoridad que flaqueza…” (En: El disco) “Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano (…) Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava.” (En: El libro de arena).

Descriptivos, aunque no del todo, como este de Paul Auster en Ciudad de Cristal (de la cual recomendé una versión en novela gráfica en el post Ese objeto llamado libro): “La mujer tenía treinta años, quizá treinta y cinco; estatura media como mucho; las caderas un poco anchas, o bien voluptuosas, dependiendo del punto de vista; cabello oscuro, ojos oscuros, y una expresión en esos ojos que era a la vez reservada y vagamente seductora. Llevaba un vestido negro y un lápiz de labios muy rojo.”

Hay retratos trascendentales, como los que solía capturar la maravillosa y única Clarice Lispector en un manojo de líneas: “Era una gallina de domingo. Todavía viva porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.” (En: Una gallina)

Pero no sólo en las letras se captura lo incapturable de un ser humano. El artista colombiano Oscar Muñoz lo hace maravillosamente en su serie “Re-trato”, en la que a pesar de tratar una y otra vez de plasmar el rostro de alguien, el rastro se evapora. ¿No es una imagen absolutamente poética? Pero véanlo con sus propios ojos aquí para que presencien otra forma, casi mágica aunque lejos del realismo fantástico, de plasmar un rostro.

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